lunes, 19 de enero de 2015

EL ENTIERRO DEL CONDE DE ORGAZ - El Hombre de Palo - (Enrique Reoyo / Juan Ignacio Luca de Tena)


“Toledo, solar hispano,
crisol de la raza ibera,
dichoso aquél que naciera
español y toledano”

Son muchas las veces que he visitado la Ciudad Imperial, Toledo. Primero por cercanía a mi Madrid natal (algo menos de una hora de carretera), después por volver a sentir la fascinación de sus callejuelas y su judería, su Zocodover y sus carcamusas. Y en memoria de la Orden de Toledo, fundada por un antepasado mío, aragonés, el día de San José de 1.923. Y, por encima de todo, por una pintura de El Greco: El entierro del conde de Orgaz.

No voy a descubrir nada acerca de ésta obra tan analizada y comentada ya, tanto por estudiosos como por profesionales de la pintura, incluso por completos ignorantes. Sólo subrayar la fascinación que siempre me ha provocado.

Sí explicaré brevemente la historia que narra ésta pintura: Muestra, como ya su título indica, la escena del entierro de un noble, el conde de Orgaz; bueno, para ser exactos nos presenta más bien el momento de la misa de corpore insepulto, previa a la inhumación, con el sacerdote de espaldas al espectador, de frente al grupo de nobles que mediante una perfecta isocefalia dividen el cuadro en dos mitades ó escenas: La superior, el supuesto milagro ocurrido al abrirse los cielos sobre los allí presentes dejando a la vista, muy de acuerdo con las creencias religiosas de la época, a Cristo Rey en el plano más alto, rodeado por María, San Pedro con su llavero y una legión de santos; un querubín y un ángel subrayan la celestial escena, que se funde con los rostros de los nobles uno al lado del otro (una llamativa colección de gorgueras, por cierto), de lado a lado de la pintura, como ya dijimos. Y en la escena inferior, en primer término, otros dos santos recogen el cadáver del conde para conducirlo a los cielos ante el asombro del sacerdote, en primer término a la derecha, ante la lúgubre presencia de un fraile encapuchado con hábito gris, y junto a éste un paje, un niño que sostiene una antorcha y señala claramente el milagroso suceso.

Pero de El entierro del conde de Orgaz, obra maestra del tenebrismo a medio camino entre Renacimiento y Barroco, pasemos a otro asunto también relacionado con su autor.

En uno de mis viajes a Toledo, muy lejos de la iglesia de Santo Tomé donde se conserva ésta pintura y muy cerca de una humeante carcamusa, un ocasional amigo recién conocido y al que nunca volví a ver me explicó una interesante historia acerca de Doménico Teotocópulos, El Greco.

Según me dijo, el pintor mantenía una gran amistad con un artesano relojero del que no me dijo el nombre, ó quizá yo lo haya olvidado. Era éste relojero hombre de gran fama en Toledo por la calidad de los relojes que pieza a pieza fabricaba, según parece obras de artesanía de bellos acabados, ornadas con delicadas figuras de todo tipo, y a la vez máquinas prácticamente perfectas en cuanto a su funcionamiento, en cuanto a la precisión de sus maquinarias fabricadas a mano.

Y éste renombrado relojero construyó una pieza única. No se sabe si lo hizo sólo como un desafío personal y profesional propio ó por alguna apuesta, quizá con su amigo El Greco. También pudiera darse el caso de que tal pieza le fuera encargada por alguien que luego no quiso, ó no pudo, abonar el coste de su fabricación. El caso es que, sea por lo que fuere, lo que éste genio de la mecánica construyó fue ni más ni menos que un autómata.

Sí, un autómata de apariencia humana. ¡En el siglo XVI!

Se le llamó El Hombre de Palo.

Era un maniquí de madera con forma humana, a escala real, con las extremidades completamente articuladas. Y con una extraordinaria maquinaria de precisión, obra del maestro relojero, en su interior.

Me dijo el toledano que se vió durante mucho tiempo al genial relojero tomando medidas, midiendo distancias en su propia calle con una exactitud minuciosa, tomando nota de cada recodo, de cada desnivel, de cada detalle. Después calculando sin descanso, con la mente ocupada en sus cálculos en todo momento. Y finalmente trabajando en su taller durante meses y meses, encerrado sin dejarse ver. Trabajando, trabajando sin descanso, dando forma a su obra maestra.

El resultado final fue el Hombre de Palo, un autómata que sorprendió a propios y extraños caminando él solo por las calles de Toledo cuyos detalles el relojero había insertado en la maravillosa maquinaria que lo movía.

El Hombre de Palo caminaba todos los días desde la casa de su creador hasta la panadería; allí el panadero le colocaba el pan en el saco que al efecto portaba, y el autómata regresaba él solo al punto de partida.

Esto fue, evidentemente, una sorpresa general. Una maravilla que desató la curiosidad de los toledanos que querían ver con sus propios ojos el prodigio. Y de la curiosidad se pasó a la admiración.
Y de la admiración a la envidia, como siempre. Así pues aquéllo que fue saludado como milagro comenzó a despertar las sospechas de la Inquisición, que ya se sabe cómo ha reaccionado siempre la Iglesia ante cualquier avance de la ciencia.

Un día el Hombre de Palo no regresó de la panadería. Extrañado, el relojero salió a buscarlo y lo encontró tirado en la calle: Un grupo de niños lo había apedreado. Y lo volvieron a apedrear al día siguiente.

Por eso el Hombre de Palo desapareció.

De la noche a la mañana no se le volvió a ver. Nunca más caminó por las calles de Toledo.

¿Qué fue de él? ¿Dónde fue a parar?

Su paradero nos lo explica El Greco en El entierro del conde de Orgaz:

Dejemos de lado la escena milagrosa de la santificación del difunto conde; olvidémonos también de la colección de retratos de nobles de la época, habitual fuente de ingresos de los pintores. Fijémonos en otros pequeños detalles quizá no tan pequeños.

En primer lugar las túnicas de las dos figuras celestiales que recogen el cadáver. Es como si fueran lienzos sobre los que hay pintados cuadros. La primera figura, de edad muy avanzada y con mitra papal, viste una túnica en la que se pueden ver claramente dos retratos de santos, de cuerpo entero. En la túnica de la segunda, más joven, podemos ver claramente la escena de una lapidación, un grupo de hombres arrojando piedras a otro arrodillado.

Los niños apedreaban al Hombre de Palo.

Más: El siniestro fraile que domina el lateral izquierdo viste un hábito gris. Su hábito no es ni marrón ni negro, es gris. Luego no se trata de un fraile, sino de un rosacruz.

Para dejarlo aún más claro, el niño paje nos señala, mirándonos directamente a los ojos, el momento en que dos figuras se llevan un cadáver. Señala la escena milagrosa, sí, pero más concretamente un detalle del puño de la túnica de la figura celestial más joven: Una rosa sobre una cruz griega formada por hojas.

El símbolo de los rosacruces.

Así que fueron los rosacruces, la misteriosa y desconocida asociación, los que guardaron el Hombre de Palo cuando desapareció. Una teoría nada descabellada, dada la segura pertenencia de El Greco a los rosacruces (obsérvese al respecto la práctica omnipresencia de motivos rosacrucianos en gran parte de su obra, aunque en ningún cuadro tan manifiestamente como en éste) y su amistad con el maestro relojero, quizá él también rosacruz.

Pero según el toledano que me contó ésta historia, los rosacruces sólo guardaron el cuerpo del Hombre de Palo, no su maquinaria.

Esa maquinaria perfecta, que sigue aún hoy en funcionamiento. A la vista de todo Toledo. Una maquinaria que no ha tenido ningún tipo de mantenimiento ni de reparación por dos motivos, el primero que no le ha hecho aún ninguna falta, y el segundo que nadie sabe cómo hacerlo.

El relato del toledano culminó con la afirmación de que es la maquinaria del Hombre de Palo la que aún hoy mueve con total exactitud las agujas del reloj de la catedral de Toledo.

“Al sonar de su campana
sabe hablar al corazón
con voces de tradición
la Catedral toledana”.

(Enrique Reoyo / Juan Ignacio Luca de Tena)


Diciembre de 2.009