martes, 4 de diciembre de 2012

«È finita la commedia» (El ex masón León Taxil y el fundador del Opus Dei)


Estando a punto de acabar nuestro periplo iluminista hemos dado, en la Red, con este magnífico artículo acerca del Opus Dei, visto desde dentro. Sabemos que a partir del antiguo affaire de los Bancos Vaticano y Ambrosiano, con sus truculentos asesinatos atribuidos a la Mafia y a la irregular Logia Propaganda 2, el rumbo de la jerarquía católica, gracias a su Rescate Económico, fue tomado por la llamada "Obra" en detrimento de la Compañía de Jesús, que hasta ese instante había sido el brazo fuerte del Vaticano; pero que andaba inmersa, en centro américa, en algo denominado como Teología de la Liberación. Sirva lo que sigue, como breve muestra, para que el avispado lector pueda entrever los métodos de difamación que la Jerarquía vaticana utilizó en el pasado y sigue utilizando en nuestro presente para menoscabar el prestigio de instituciones tan venerables y respetables como la Fraternidad Masónica.

ARALBA


Castalio


 

León Taxil y José M. Escrivá

No se preocupe ni confunda el visitante de esta web cuando, al leer la gran cantidad de testimonios de quienes pertenecimos a la Obra (que somos muchos más de los que escribimos aquí), caiga en la cuenta de que podría tratarse quizá de una institución en la que, si bien se cultivan valores cristianos muy positivos, también se da cabida a uno de las más grandes embustes que se han dado en la historia de la Iglesia católica. Me refiero a esa rara invención del padre José M. Escrivá, llamada «numerario (a)» o, mutatis mutandi, «agregado (a)» que es una suerte de rapsodia jurídica y mística que no hay quien entienda.  

Tampoco creo que deba inquietarse aquél que perteneció a la Obra y se salió después de pocos o muchos años, si al leer estaweb siente el dolor y la tristeza propios de un «desengaño». Escribo esta pequeña historia especialmente para ellos, y más aún para quienes pueden verse afectados en su fe y en su amor a la Iglesia católica, a la cual, en lo personal (y dicho sea de paso) he amado, amo y defenderé siempre. Es a ellos a quienes puede servir de algo el suceso de León Taxil aquí narrado. A los demás, es decir, a los que todavía pertenecen al Opus como numerarios y agregados o a los que nunca han formado parte de sus filas o de otras instituciones por el estilo, el paralelismo que aquí se ofrece podrá resultarles acaso algo exagerado o hasta propasado. Incluso, a estos últimos (y a los supernumerarios husmeadores y curiosos que suelen entrar a esta web) les sugiero no leer este escrito cuyo simbolismo tiene una carga sicológica muy relativa.  

El tema es el siguiente:

A pesar de la santidad del origen de la Iglesia de Cristo, ha habido a lo largo de su historia muchas personas e instituciones que, como el Opus Dei (y los Legionarios de Cristo, entre otros), han medrado de sus estructuras y carismas o los han utilizado muy a su estilo, modo y conveniencia.

Aquí referiré de modo breve uno de esos engaños, el cual, en mi opinión, puede ofrecer algunos paralelismos con el Opus Dei y, especialmente, con su fundador. Dejo pues al lector frente a esta historia, pero no sin antes hacer una advertencia más. Si algún ex Legionario de Cristo (o ex Regnum Christi) lee esta pequeña historia, creo que también podrá servirle para no generalizar sus juicios de reproche ni desalentarse en su fe cristiana por lo ocurrido con su fundador. En fin… lo escribo y publico por si a alguien le puede servir como lucecilla que ilumine un poco los misterios de su propia historia.

***

Fue el caso que, alrededor de 1890, un tal León Taxil, cuyo verdadero nombre era Jean-Jogard Pagés, que había pertenecido a la masonería y abjuró de ella, se dedicó a escribir libros en los que denunciaba las atrocidades de las logias masónicas de Francia, y especialmente sus prácticas anticatólicas y hasta satánicas. Sus libros fueron leídos por miles de católicos de todo el mundo, los cuales se beneficiaron enormemente de ellos: algunos recuperando la fe que habían dejado de lado, otros, acercándose a la Iglesia y a los sacramentos o uniéndose a actividades piadosas en sus parroquias.

Pero… ¿quién era en realidad Taxil?

Según lo relata él mismo en un libro con sentido autobiográfico, antes de su conversión, había sido un masón convencido y autor de varios libros y folletos sensacionalistas en los que calumniaba a la Iglesia y al papado (El cura culo de mono, El hijo del jesuita, Los amores de León XIII y otras necedades por el estilo). Supuestamente se convirtió al catolicismo por influencia de una tía monja que había rezado intensamente por él y con quien había sostenido conversaciones muy profundas sobre la Fe.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que su conversión fue tan sonada en toda Francia que el Papa León XIII lo recibió personalmente en el Vaticano. Luego de escuchar las razones del contrito ex masón, el pontífice le encomendó que, para desagraviar lo que había escrito contra la Iglesia cuando había sido masón, revelara todo lo que sabía sobre la secta y sus logias con la finalidad de desengañar a algunos católicos ingenuos e incautos, que creían que la masonería era compatible con el catolicismo. Fue así como, según él, escribió y publicó por encargo del Papa algunas obras en las que revelaba con todo detalle los misterios del «satanismo masónico».




Las obras del ex masón y converso Taxil se tradujeron a varios idiomas, se publicaron en diversos formatos, y muchos católicos cultos e instruidos de Europa y América (incluyendo un buen número de obispos y clérigos) las leyeron con atención y avidez. Luego, se divulgaron mediante comentarios en la prensa y en la pastoral de las parroquias llegando así su mensaje de denuncia hasta los más bajos estratos de las sociedades. El resultado, tal como lo esperaba el Papa, fue que un gran número de católicos fríos o alejados de la fe, regresaron al redil de la Iglesia.

Al poco tiempo de haberse publicado las obras de Taxil, aparecieron otras, no menos sensacionalistas, de otra conversa y ex masona llamada Diana Vaughan, quien al parecer había sido Gran Maestra del Perfecto Triángulo Phébé-la-Rose en el Oriente de Nueva York y Maestra Templaria Soberana y Honoraria de la Logia de Londres. Obispos, sacerdotes e intelectuales católicos de todo el mundo usaron las obras de Vaughan como habían usado las de Taxil, para escribir sobre los peligros de la masonería y de sus prácticas laicistas.

En 1896, movidos por Taxil y por la ex masona Vaughan, se reunieron más de 200 obispos y 700 delegados diocesanos (entre los que se encontraban estadistas, periodistas y literatos de gran talla) para participar en el primer Congreso Antimasónico Internacional, que tuvo lugar en la ciudad de Trento. El Papa León XIII acogió la iniciativa de ambos ex masones y envió su saludo y bendición a los congresistas.


 

José M. Escrivá de Balaguer y Diana Vaughan

En una de las sesiones de aquel congreso, un obispo austriaco, extrañado por la ausencia de Diana Vaughan, preguntó si alguien de los ahí presentes conocía personalmente a esa señora pues nadie la había visto nunca, sembrando así la duda sobre su existencia real. Taxil, que se encontraba ahí presente, pidió la palabra, subió de inmediato a la tribuna y en un acto de teatralidad sacó de su chaqueta una fotografía de la ex masona y la mostró al público como prueba de su existencia. Varios obispos e intelectuales se dieron por satisfechos con aquella supuesta evidencia. Pero, debido a la insistencia de los austriacos, se formó una comisión que debía emitir un dictamen sobre la célebre ex paladista Miss Diana Vaughan.

A los pocos meses de haber concluido el congreso antimasónico de Trento, Diana convocó en un anuncio de la prensa a una reunión abierta que debería llevarse a efecto en el salón de la Sociedad de Geografía de París. Además de presentarse por primera vez en persona ante el público, dictaría una conferencia en la que informaría de cosas todavía más estremecedoras que las reveladas en su libro y en algunos folletos de gran circulación en todo el mundo.

El día anunciado acudió numeroso público procedente de varios países de Europa y América. Los asistentes, con gran inquietud y curiosidad, tomaron sus asientos y se dispusieron a conocer por fin a la famosa señora. Así, a la hora señalada, se anunció con gran estrépito, como si se tratara de una función teatral, la inminente presencia de la desconocida conversa ex masona. El público quedó pasmado cuando vio que, del fondo del estrado, salió nada menos que León Taxil afirmando con todo descaro y cinismo que Diana Vaughan era invención suya (mixtificación, decía). Se jactaba, además, de que nadie como él había logrado engañar a tantos católicos buenos, bienintencionados y piadosos, incluyendo a curas, obispos, cardenales y ¡al mismo papa!

Como he dicho, muchos obispos del mundo (especialmente en Francia, España, Italia, Canadá, México, Estados Unidos, Argentina y Brasil) habían citado y recomendado a ambos autores al lado de los escritos pontificios (principalmente de la Encíclica Humanum Genus), en instrucciones y cartas pastorales, por lo que aquel suceso los dejaba perplejos: ¿cómo decirle ahora al gran público lector (a su feligresía) que todas aquellas historias y lecturas, que tanto bien les habían hecho en sus vidas, no habían sido sino el fruto de un engaño fraguado por un embaucador en el seno de la Iglesia y con la aprobación e impulso del mismo Papa?

En un periódico francés de diciembre de 1896 (Le Matin), se dio a conocer la noticia del embuste de Taxil en forma escueta; sólo se hacía una advertencia a los católicos para que en adelante no creyeran tan fácilmente en cualquier persona y en cualquier doctrina. El artículo, tal como aparece publicado en la traducción española, concluye con una frase en italiano con la que el autor intentaba poner punto final a la cuestión de Taxil y la Vaughan: «È finita la commedia».

***

Cuento esta historia tal como la he leído en las fuentes de la época, porque en ocasiones pueden producirse en nuestra conciencia (especialmente en la de quienes nos hemos salido de la Obra con la convicción de que la labor de San Miguel es una invención sin fundamento) dudas acerca de nuestra fe en Cristo y en su Iglesia. ¿Cómo es posible que exista en su seno y bajo su cobijo una institución tan contraria al Evangelio como el Opus Dei? Contraria al Evangelio, porque ahí se mientesistemáticamente, de modo especial al inventar vocaciones al celibato (de numerario o agregado) que no existen ni se disciernen, sino que se crean mediante ardides muy bien encubiertos y con apariencia de tácticas apostólicas. Además, hoy día esas supuestas vocaciones sólo son producto del ímpetu de algunos cuantos numerarios ilusos que se sienten paladines de las labores apostólicas y a quienes se les tiene en la Obra por fieles muy de casa.

Pero ¿cómo habría de existir una vocación al celibato para casi todo aquel que se acerque a una casa del Opus Dei? ¿De dónde tanto pitaje (petición de admisión) y tanto despitaje (petición de dimisión) de numerarios y agregados en todo el mundo? Digo esto porque si se observa esa cosa rara llamada labor de san Rafael (labor dizque apostólica con la juventud, que en realidad no es más que un proselitismo salvaje ataviado con mil bondades aparentes) al lado de esa otra anormalidad de vida de los célibes, numerarios o agregados, a la que se llama labor de san Miguel, se comprobará que pitacualquiera. Sí, absolutamente cual-quie-ra puede pedir la admisión como numerario o agregado. Basta con que sea una persona de buenas intenciones y que crea en Escrivá y sus cosas, para que, al menor descuido, ya se le plantee la vocación ose le hable para pitar después de mil acuerdos secretos y enjuagues de los numerarios (que se dicen sus amigos) con los directores locales y el cura del centro (véase mi escrito Cómo fabricábamos numerarios en México).

Además, para colmo de males, Juan Pablo II canonizó a Escrivá de Balaguer (a mí me cuesta mucho llamarle san: es más, no lo hago habitualmente aun cuando estuve presente en su canonización), y con ello parece haber puesto el sello de garantía de veracidad, catolicidad y santidad a la institución, es decir, a la entidad social y eclesiástica con todo y esa rara normativa diseñada por Escrivá y Del Portillo. Normativa en la cual se prescribe de modo frío e inhumano el modo de envolver (así,envolver) a todo aquel joven que se acerca a sus casas. Quizá podríamos preguntarnos ¿cómo es posible que el papa Juan Pablo II haya avalado eso? ¿desconocía el papa los modos subrepticios en que se traman los pitajes en los consejos locales? Insisto: ¿Qué no fue acaso el propio José M. Escrivá de Balaguer el que ideó todo ese sistema de manipulación de la juventud y quien prescribió en sus Instrucciones del modo de hacer proselitismo el plan de acción para que los directores de los centros hicieran caer a muchos en sus redes y en sus discursos plenos de simulaciones e insinuaciones encubiertas? o ¿qué otra explicación tiene el que exista en todo el mundo tal cantidad de ex numerarios y ex numerarias, ex agregados y ex agregadas, ex numerarias auxiliares y ex supernumerarios (as)? (somos miles, así, miles… y me consta sigue aumentando el número). Luego, para aquellos que algún día creyeron en el Opus Dei, podrían venir  dudas de fe y quizá el abandono de muchas prácticas piadosas que, por otra parte, no son privativas de Escrivá ni de su fundación. Entre otras la asistencia a misa.

Como León Taxil, a quien el papa León XIII dio su aval –por ignorancia o subrepción– Escrivá de Balaguer se nos presenta como el fabricador de una de las más grandes mentiras que se hayan dado en la Iglesia católica… ¡y con el aval pontificio! E igual que en el caso del ex masón del siglo XIX, mucha gente se ha beneficiado de su obra (especialmente los supernumerarios y cooperadores) y han creído en él y en su institución. Sin embargo, el costo de ese beneficio para un grupo selecto de miembros no célibes ha sido enorme, pues ha afectado a la fe y a la sicología de muchas personas que, comoinsumo desechable, han formado parte de esa institución bajo el esquema de una supuesta vocación al celibato, sea como numerarios (as) o como agregados (as). Digo supuesta, porque a poco que se le analice se comprenderá que aquel estatus dizque jurídico o vocacional no tiene ni pies ni cabeza y no hay quien lo pueda vivir sin depresiones, angustias o cinismos disfrazados de mentalidad abierta.

Dicho en otros términos, el proceder de los directivos del Opus Dei en lo que hace al reclutamiento de personas para lalabor de san Miguel, por mucho bien que pueda hacer a algunos (y de ello no me cabe la menor duda), es a todas luces contrario a la transparencia y a la veracidad a las que nos obliga el Evangelio de Cristo, sobre todo (permítanme que insista) en lo que se refiere a su modus operandi, que, por donde se le vea, es absolutamente sectario, pues su punto de partida y de llegada es la manipulación de las conciencias por medio de estrategias muy bien estudiadas y perfectamente previstas por el fundador.

Así pues, como los periodistas del siglo XIX ante el fraude de Taxil, yo también me quedo perplejo, dubitativo, pasmado ante tan paradójica institución, en la que se hace mucho bien pero también mucho mal, y especialmente ante ese raro y enigmático personaje que la fundó: el genio inventor de Barbastro y su creación malograda del numerariado y de esa rareza existencial de los agregados. Mi perplejidad se parece a la de aquellos que se dieron cita en la Sociedad de Geografía de París y se desengañaron al ver que la Vaughan era pura invención de Taxil, puro embuste. Me he preguntado como aquellos, una y otra vez qué hacer: ¿revelo todas las paradojas y mentiras que vi y escuché por más de veinte años en los que fui numerario y directivo del Opus? ¿Cómo hacer eso si, por otra parte, me consta que hay en esa institución tantas personas inocentes y buenas que siguen creyendo en Escrivá del mismo modo y con la misma buena fe que en otro tiempo muchos creyeron en Taxil y en la inexistente Diana Vaughan?

Por lo pronto diré (me diré y diré al lector): È finita la commedia. Pero no puedo dejar de expresar que esa comedia –la de Taxil– me ha ayudado en lo personal a entender que no es imposible que haya imposturas, «mixtificaciones» (sic) o mentiras en el seno de mi madre la Iglesia. Creo, a pesar de los pesares (sic) en su carácter sobrenatural. Creo que es el camino de nuestra salvación y también creo firmemente en el primado de Pedro, con todo y sus misterios… Ya resolveré más adelante si sigo escribiendo en esta web o si pongo el punto final.

Castalio