martes, 6 de noviembre de 2012

Los Pilares de la Pansofía (PHILEAS DE MOTESEXTO) 7


Cuento: El espejo de la diosa

Se cuenta que la diosa Venus tenía un espejo donde se miraba y estudiaba todas sus actitudes; pero un día se le cayó de las manos y se rompió en muchos pedazos. Al ruido que el espejo produjo en su caída acudieron las ninfas de la diosa, tomando, cada una de ellas, un pedazo del espejo roto.

Al cabo de un tiempo, las hermanas sirvientas de Venus se dispersaron por el mundo, y cada cual se vanagloriaba de poseer el espejo de la diosa.


Pero un sabio que había recorrido varias comarcas, quedóse maravillado ante la posibilidad de que tuviera tantos espejos como ninfas la diosa Venus. Y para saber la verdad interrogó a una de ellas:


- Dime, ninfa encantadora, ¿es verdad que posees el espejo de la diosa Venus?
- Sí – contestó la doncella.
- ¿Y cuántos espejos tenía tu señora? – objetó de nuevo el sabio altamente sorprendido.
- Uno solo.
- Y, ¿cómo se explica que sean muchas las ninfas que se vanaglorien de tener el espejo de la diosa Venus?
- No. El espejo de nuestra señora se hizo añicos un día al caer al suelo, y nosotras, afanosas de poseer algo de ella, tomamos cada cual un pedazo del espejo roto – replicó la hermosa joven.
- Así, pues, ¿lo que vosotras poseéis es un trozo del espejo roto y no un espejo cada una? ¿no es así?
- Así es – respondió la ninfa algo sonrojada. Y entonces, el sabio comprendió la elevada enseñanza que encerraba la leyenda, puesto que le hizo ver la clara verdad de las cosas. (14)


La Sala del Autoconocimiento
(Cuarta estancia)

“Para ser libre, uno debe conocerse a sí mismo. El conocimiento propio es el principio de la sabiduría; y sin conocimiento propio no puede haber sabiduría. Puede haber conocimiento, sensación; pero la sensación es tediosa y pesada, mientras que la sabiduría, que es eterna, nunca decae ni puede tener fin”. (Jiddu Krishnamurti)
 

“Conócete a ti mismo”

Para ingresar en la siguiente estancia, tendrás que abrir una puerta de bronce donde se halla grabada la frase “Noscete Ipsum”, la misma que podía leerse en el frontispicio del Templo de Apolo, en Delfos: “Hombre: conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses”.


Dentro de este recinto, encontrarás un enorme espejo que te muestra tal como eres, sin los condicionamientos de los sentidos. A un lado hallarás una nueva losa grabada donde volverá a aparecer la frase “Noscete Ipsum”, acompañada del diseño de un hombre con los brazos abiertos y un cisne de color blanco. En una de las paredes podrás apreciar un misterioso esquema esotérico titulado “el árbol de la Pansofía”, el cual apareció por primera vez en un antiguo tratado alquímico-rosacruz del siglo XVII.


La tradición hermética enseña que el ser humano es un microcosmos hecho a imagen y semejanza del Macrocosmos, y esta correspondencia es el punto de partida de la Filosofía Perenne en su estudio integral de la constitución del ser humano.


Para los materialistas, es decir aquellos que niegan cualquier tipo de trascendencia o naturaleza espiritual, el hombre no es otra cosa que “carne y huesos”, el cual –por medio de complicados procesos electroquímicos– piensa, siente y se mueve. Esta visión del hombre como una máquina física, producto de una serie de “casualidades” es propia de la ciencia profana, hija del iluminismo. Desde esta óptica, nada es sagrado y cualquier fenómeno trascendente es considerado producto de la imaginación o una simple mentira.

Los espiritualistas, en cambio, consideran al hombre como “algo más” que carne y huesos, y –con esta idea en mente– han intentado ir más allá de lo evidente y entender la constitución esencial del ser humano, identificando los procesos y los mecanismos internos que hacen posible su existencia.


La postura más elemental (si exceptuamos las posiciones materialistas extremas) establece una diferencia entre un “cuerpo” (corruptible) y un “Alma” (inmortal) la cual, tras la muerte, pasa a otro plano de existencia más sutil. Esta visión –al establecer una dicotomía entre dos partes– recibe el nombre de “dicotomita”.


Una visión similar, enseñada en los evangelios, considera una naturaleza humana triple, es decir: cuerpo, espíritu y Alma o bien cuerpo, mente y Alma. Esta postura recibe el nombre de “tricotomita”.

Las doctrinas orientales se refieren en ocasiones a una constitución quinaria (ejemplo: los “koshas” de la tradición inda como “envolturas” de la chispa divina) y en otras a una constitución septenaria.


Esta división de “siete vehículos” aparece en varias corrientes esotéricas tradicionales y fundamenta este número en la matriz armónica de la Naturaleza que suele concebirse en forma septenaria (ejemplo: las siete notas musicales, los siete colores del arco iris, etc.). De esta manera, el ser humano como parte integrante de la Naturaleza e interpretado, en sí mismo, como una unidad armónica se interpreta, entonces, como una realidad séptuple.


De todos modos, aún los principales divulgadores del sistema septenario aceptan también que el sistema septenario deriva del trinitario, es decir que la adopción de uno u otro depende de enfoques particulares, pues –en su esencia– el ser humano no es trinitario ni septenario sino un “individuo”, que etimológicamente deriva de “indiviso”, es decir una unidad indivisible que utiliza diferentes vehículos para actuar en los diversos planos.


Siendo así, debemos aclarar que la adopción de un sistema septenario responde más que nada a motivos pedagógicos. Incluso, a lo largo de todos nuestros escritos, en más de una ocasión sintetizaremos este esquema en cinco partes, en especial al referirnos al sistema iniciático tradicional enmarcado en los cinco elementos (tierra-agua-aire-fuego-éter) que se corresponden al cuerpo físico, el cuerpo vital, el cuerpo emocional, la mente de deseos y el Alma (véase fig. 1).

Atendiendo al clásico esquema septenario, sabemos que las siete “partes” que lo constituyen son:


1) Cuerpo étero-físico, con una parte física (sólidos, líquidos, gaseosos) y una parte etérica (con cuatro éteres que regulan algunas funciones internas e involuntarias del cuerpo humano).
2) Cuerpo pránico o vital, que es la contraparte del cuerpo étero-físico y donde reside la vitalidad del mismo. Sobre este cuerpo actúan la mayoría de los medicamentos alopáticos y homeopáticos, siendo también el campo de acción de otras disciplinas terapéuticas tradicionales (acupuntura, reiki, digitopuntura, etc.). A través del vehículo vital, el cuerpo físico puede vivir.
3) Cuerpo emocional o astral, que es el vehículo donde se manifiestan las pasiones, las emociones y los sentimientos. Con técnicas avanzadas, los practicantes pueden separar el cuerpo astral del físico mediante un “desdoblamiento” o “viaje astral”.
4) Cuerpo mental inferior, que tiene como función principal la interpretación de las sensaciones provenientes del medio circundante y convertirlas en percepciones, las cuales son combinadas y Almacenadas en nuestra memoria. De este modo, la memoria nos ayuda a identificar objetos y circunstancias, las cuales teñidas por el deseo se convierten en “deseables” (atracción), “indeseables” (repulsión) o “neutras”.
El “cuaternario” (mortal) tiene un complemento tras74
cendente, también llamado “Yo superior” o “Tríada” (en ocasiones denominado simplemente “Alma”), de naturaleza inmortal y constituida por:
5) Manas (Mente superior), el canal orgánico para el pensamiento abstracto y donde se Almacenan los frutos de la experiencia humana a través de múltiples encarnaciones.
6) Buddhi (Cuerpo intuicional), la inteligencia más allá del intelecto y la comprensión a través de la intuición.
7) Atma (Voluntad pura), que es la parte más elevada de nuestro Ser y de la misma naturaleza del Absoluto, por eso también suele denominarse “Dios en nosotros”.


De acuerdo a este esquema, existe una anatomía visible y evidente, al igual que otra invisible e imperceptible. En este “hombre invisible” existen una serie de órganos y centros sutiles de naturaleza energética donde pueden encontrarse las principales causas de nuestras enfermedades físicas y psíquicas, así como de otros fenómenos que se manifiestan en el organismo físico.


Los siete centros más importantes de la anatomía sutil del ser humano están dispuestos a lo largo de la columna vertebral y reciben el nombre de “chakras” (ruedas), a saber:


Los chakras son puntos de conexión o de enlace por los cuales fluye la energía de uno a otro vehículo del hombre. Estos centros sutiles pueden armonizarse, alinearse y activarse a través de diversas técnicas que van desde la meditación a la acupuntura.


Un chakra puede estar:


a) Bloqueado: Cuando gira muy lentamente, está detenido o lo hace en sentido contrario.
b) Acelerado: Cuando gira muy rápidamente.
c) Equilibrado: Cuando gira a la velocidad vibratoria correcta.

En otros volúmenes de esta colección estudiaremos con detenimiento estos cuerpos invisibles donde se sitúan los chakras y los canales sutiles (nadis) por donde fluye la energía vital (prana) así como la energía serpentina conocida como “kundalini”.

Resumen de la Sala del Autoconocimiento

* La tradición esotérica enseña que el ser humano es un microcosmos hecho a imagen y semejanza del Macrocosmos.
* La constitución septenaria del ser humano está en consonancia con las enseñanzas esotéricas tradicionales y habla de un “cuaternario inferior” compuesto de: cuerpo físico, cuerpo vital, cuerpo emocional y mente de deseos, y una “tríada superior” compuesta por la mente superior (Manas), el cuerpo intuicional (Buddhi) y la voluntad pura (Atma).
* En nuestros cuerpos invisibles existen una serie de órganos y centros sutiles de naturaleza energética conocidos como “chakras”.


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